viernes, mayo 18

Que La Unidad Entre Ellos Sea Perfecta.

HOMILIA PARA EL SEPTIMO DOMINGO DE PASCUA por el Rev. Antonio Ciordia

Oración de Jesús. Jesús ora. El capítulo diecisiete de san Juan es una preciosa y solemne pieza religiosa sin parangón en toda la literatura conocida. Así pensamos muchos.
Jesús, al final de su vida, como pórtico a la Pasión, eleva los ojos al cielo y dirige la palabra al Padre que lo envió. Delante de sus discípulos. Ellos están dentro de la relación de Jesús con el padre. Pongámonos junto a ellos.
Jesús ha llevado hasta el final la obra encomendada. Va a cumplirse la “hora”. Hora que le vino asignada por el Padre. Padre, principio y fin de todo. De él vino y a él va. Jesús sabe que el Padre le escucha siempre. Ahora, si cabe, de modo especial.
Jesús ora. En esta segunda parte, por los discípulos. Por nosotros. Por cada uno de nosotros. En este caso, en la medida en que queremos ser suyos. También por ti y por mí.
Y ora porque nos ve solos. Solos en un mundo incrédulo y provocativo. Y ora porque somos suyos y para que siempre lo seamos. No quiere dejarnos a la intemperie.
El siempre está con nosotros. Y con el Padre, para interceder por nosotros. Como lo hace en este momento. Y lo hace de corazón. Y su corazón es grande y poderoso. Así, su oración.
Tú estás dentro de su corazón. Para que todos estemos en el corazón de todos, él mismo nos coloca en el suyo, y pide al Padre que con el suyo propio formemos una unidad. Un solo corazón y una sola alma, según señalan los Hechos. Que seamos uno.
Pero la oración de Jesús no tendría resultado si nos cerramos a la acción del Padre, a las inspiraciones del Espíritu Santo.
Tres personas, un solo Dios. Muchos miembros, un solo cuerpo. Muchos fieles, una sola Iglesia. Tensión constante entre unidad y diversidad. Jesús pide al Padre para que ésta no rompa la unidad y que la unidad no anule la diversidad.
El poder del averno lucha fieramente por romper y rasgar, por dividir, aun bajo la forma bien atractiva de “libertad religiosa”. Dicen del diablo que fue a la escuela y que tan solo aprendió a dividir. Y lo hace siempre que puede.
No puede ser de Dios tanta división y tanta llamada iglesia, en contradicción y enfrentamiento rabioso frecuentemente. Y si no viene de él no cuesta mucho saber de quién viene. Por eso la oración de Jesús.
La oración de Jesús ha de hacerse oración en nosotros. En él hemos de orar todos. El apremio de Jesús es apremio en nosotros. Si él pide por mí, yo he de pedir en él por todos.
Pensemos en la Iglesia hacia adentro, y vivamos en unión. Pero no puede haber unión si no hay amor mutuo; ni amor mutuo sino hay mutua estima. Ni mutua estima, sino hay conocimiento y vivencia de nuestra realidad, a la luz de Dios en Cristo. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo.
¿Qué comunión podemos tener los unos con los otros si no compartimos cordialmente los mismos bienes que nos entregó el Señor? Si no vivimos con intensidad y respeto la eucaristía, por ejemplo, ¿cómo podemos llamarnos fieles seguidores de Cristo? ¿Cómo podemos decir que hay comunión de corazones en Cristo, cuando unos celebran la Eucaristía como maravilla del amor de Cristo y otros la condenan como máxima idolatría?
Conoce a Cristo. Conoce a tu Iglesia. Conócete a ti mismo en unión con todos los miembros. No desprecies a nadie. Llora la división de su preciosa túnica que los soldados al pie de la cruz no osaron rasgar. No la rasgues tú. Coloca el yo propio en el Tú de Cristo y encontrarás a todos en ti. Pide por la unidad. Es la oración del Señor.
Una sola fe, una sola esperanza, un amor común.
Dios con vosotros.

domingo, mayo 13

El Espíritu Santo les hará recordar.

HOMILIA PARA EL SEXTO DOMINGO DE PASCUA por el Rev. Antonio Ciordia

“El que me ama ...”; “Si me amáis ...” Gran palabra amar. Es probablemente la palabra que más frecuentemente aparece en nuestros labios. Ya como presencia de algo maravilloso, ya como ausencia de ello.
Mas, ¿qué se entiende por “amor”? Quizás nos embarace un poco esta pregunta. ¿Es un sentimiento? ¿Una inclinación? ¿Un afecto? ¿Una sensación? ¿Una emoción? ¡Una decisión libre de la voluntad a favor de alguien! Al fondo hay una elección personal libre, cuanto más fundamentada mejor, que recae en beneficio de alguna persona. No hay duda alguna que las alternativas precedentes tienen su peso; pero no dan respuesta adecuada al concepto de amor.
La elección de un bien. Siempre en favor de alguien. Naturalmente a la luz de la verdad. Porque hay amores, decisiones libres, que matan. Mal hechas por tanto. Donde el yo, camuflado de altruismo, se apodera del otro en posesión esclavizante. Eso no es amor.
Pero hay un amor que abrasa y consume totalmente, altruista por naturaleza y creador. El amor de Dios. Nos devora y se devora él. Es su misterio. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo”; “Me amó y se entregó por mí”. “Dios es fuego que consume”. Así, la palabra de Dios.
Al hablar de amor, hablamos de comunión. Comunión en la que se da una interferencia o interacción mutua, una invasión del uno en el otro. Una sola carne, hablando en simbología nupcial. Así es también el amor de Dios. Inhabitación en nosotros: “Vendremos a él y pondremos nuestra morada en él”. La comunión natural e inefable que guardan entre sí las divinas personas se alarga a nosotros en Cristo por la fuerza del Espíritu Santo y hace comunión. Amor en el Amor y comunión en la Comunión.
Señal y ejercicio de amor es la obediencia. Entre los humanos, con frecuencia. Respecto a Dios, siempre. Y esto puede presentar una especial dificultad, al menos en el ámbito juvenil. Es como si intentáramos ensemblar o componer satisfactoriamente la obligación con la espontaneidad. Porque si el amor ha de ser de corazón, ha de gozar de libertad; pero, si es libre, ¿cómo puede entrar en la categoría de la obligación?
Por de pronto escuchemos las palabras de Jesús: “El que me ama guardará mis mandamientos, como el padre me amó y guardé sus mandamientos”. La obra de la pasión-redención aparece en su boca como la obediencia a un mandato. Mandato recibido del padre ( Jn. 10,17-18 ). Obediencia que es comunión; comunión que es ser una coso con el Padre. Por parte del Padre es amor; por parte del Hijo es obediencia.
En nosotros sucede lo mismo; por parte de Jesús hacia nosotros es amor; por nuestra parte es obediencia. En Jesús respecto al Padre es una obediencia libérrima, una libertad obedientísima. Los dos aspectos se aglutinan en uno inseparablemente. En nosotros está la tensión a ello; a que se confundan libertar y obediencia. Por obra del Espíritu Santo.
Hay que comenzar la reflexión recordando que “no es que nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó primero”. Benevolencia desinteresada. Dios quiere, busca, obra nuestro bien. Está claro que, aunque uno puede comprender hasta cierto punto cuál es su propio bien, no lo conoce en profundidad, si Dios no se lo revela, pues es su principio y fin. Entra de por medio la fe. Yo conozco mi bien a la luz de Dios. Luz que hasta cierto punto puede discernir mi propia mente.
Si Dios me ama, he de concluir que lo que hace es por mi bien. A partir de ahí es consecuente aceptar con decisión libre, amor, lo que por amor, decisión bondadosa, Dios me ofrece. Hemos de dejarnos activamente querer por él. En ese punto, dentro de la perfección del amor, va a haber cada vez más unión de voluntades, la Dios y la mía, por más que aquélla se presente desconcertante y exigente algunas veces. El amor puede devorar. En el caso de Dios, es trasformación inefable respecto a nosotros. Ahí está la cruz del Señor.
Un paso más nos lleva a considerar que el amor de Dios hacia nosotros es “paternal”. En Cristo Jesús, su Hijo. Con los mismos ojos con que mira a su Hijo, nos mira a nosotros. Y los latidos de su corazón mueven el nuestro en el de Cristo. Obediencia, no como esclavos, sino como hijos. Para ello, el don del Espíritu Santo, vínculo de amor por excelencia.

domingo, mayo 6

Enjugaré Tus Lágrimas.


COMENTARIO PARA LA SEGUNDA LECTURA DEL QUINTO DOMINGO DE PASCUA DEL LIBRO DEL APOCALIPSIS por el Rev. Antonio Ciordia

Apocalipsis. De nuevo este misterioso libro. O libro de misterios. O, quizás, mejor dicho, modos extraños de presentar el misterio de Dios en la historia. Historia principalmente de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, Señor de la creación nueva, Hijo de Dios. Es para consuelo de sus fieles, que son, dicho sea de paso, las niñas de sus ojos.
El profeta, Juan, ha llegado al final del mensaje. Y su mensaje se centra en el final, la meta. La consumación de la historia de la salvación. Y, con ella, la consumación de la entera creación. Ya no va a haber historia. Va a ser transcendida de tal manera que, sin dejar de ser realidad, desbordando el tiempo y el espacio, va a ser introducida en una dimensión totalmente nueva. Una nueva creación.
“Hago todo nuevo”. La historia “antigua” acaba al comienzo de “la historia nueva”, definitiva, que supera el concepto de historia. “Cielos nuevos y tierra nueva”. Cielos y tierra recapitulados en Cristo, la Palabra de Dios hecha carne. Cristo glorioso inicia esta creación nueva. No es una repetición de la antigua, ni aun llevada hasta el límite de sus posibilidades. Nueva por naturaleza. “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni mente humana alguna pudo jamás imaginarla”. Jesús, el centro, y nosotros, en Jesús. Y Dios que lo llena todo en todos. La obra ya ha comenzado: Jesús glorioso. Es nuestro destino.
Nosotros somos ya una nueva creación, todavía dentro de la antigua. Esta, y nosotros con ella, sufre dolores de parto por “ver la gloria de los hijos de Dios”. “Todavía no se ha manifestado lo que seremos; cuando se manifieste, lo veremos tal cual es” (Jn. 3,1-4). Dios llevará su compromiso hasta el extremo, y el extremo de Dios es Dios mismo. “Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”. El pacto, el compromiso, que, ya desde Oseas venía parcialmente expresado bajo la imagen de esposo y esposa.
Y ahí está la Novia-Esposa. Novia, por la frescura y transparencia de su enamoramiento; amor primero, exultación de júbilo, arrebato incontenible de jovialidad y entrega sin retoques ni adherencias. Desciende de lo alto, impregnada de Dios mismo, ataviada para el encuentro con el Esposo que la llenará de su propia persona.
Y Esposa; comunión inefable, una sola carne, estabilidad perpetua. El Cristo glorioso la cubrirá y la invadirá con su gloria, haciéndola a ella misma gloria, presencia transformante y rebosante de Dios. “Allí no habrá duelo, ni lágrimas, ni muerte ...”Todo pasó. Ni siquiera habrá mar, símbolo del mal. Todo Dios en todos. Y para siempre.
La Esposa es el pueblo de Dios, la Iglesia. A ella van dirigidas estas palabras. La Iglesia, reunida en acto de culto, ha de escucharlas apasionadamente como palabras de su Novio y Esposo, apasionado por ella. Prepárese y camine con la cruz de su Señor por este mundo, apasionada por él, jubilosa ante la expectativa del encuentro definitivo. El Esposo la acompaña misteriosamente en el camino.
Ahí estamos nosotros. Somos Iglesia. ¿Nos damos cuenta de quiénes somos, de qué nos espera y de quién viene a nuestro encuentro? ¿Qué esperamos? ¿O no esperamos nada? Entonces somos los más miserables del universo; porque éste algo espera. Gime por ello, por ver la manifestación de los hijos de Dios. ¿Gimes tú? Escucha su voz y prepárate. Serás así tú mismo; de lo contrario serás “el no” de ti mismo; tu ruina eterna.
Acicálate, Esposa, y adórnate con las mejores prendas. ¡ Que viene tu Esposo! ¿ Dónde tus obras buenas, tu amor a Cristo? Mírate en el espejo, tu Cristo, y contémplate en él. Si no te ves a ti misma en él y a él en ti misma, has dejado de ser digna Esposa. Vuelve a tu Señor y compra oro puro de su riqueza, y déjate vestir por él con una vestidura blanca, la que se te concedió en el día de los desposorios, cuando renegando de toda idolatría, de las obras del diablo, recibiste el abrazo de Jesús que te convirtió en su Esposa.

Un Mandamiento Nuevo.

HOMILIA PARA EL QUINTO DOMINGO DE PASCUA por el Rev. Antonio Ciordia

Se han cerrado las puertas del cenáculo. La luz más límpida queda dentro. Fuera, la obscuridad más densa. Es de noche. La noche de la traición más negra. Judas. El Príncipe de este mundo. Comienza la pasión. Exaltación de Jesús.
Muerte y vida. La Muerte y la Vida en encontronazo frontal. Dios y el Diablo. Y el diablo, que emplea todos los medios para arrebatar a Dios lo que le pertenece, acaba, en las manos de él, por ser su propia ruina. Porque para Dios “la noche es clara como el día” (Sal. 139), y la traición de Judas entra ya en la glorificación de Dios Jesús.
Jesús, en medio de los suyos, la luz. Con la luz, la gloria. Con la gloria, la comunicación de Dios. Y con la comunicación con Dios, la comunión con él; Dios es amor. Y el amor lo es todo, Dios mismo, Salvador.
Dios es luz. Dios es gloria. Dios es amor. La gloria de Dios es Dios mismo, especialmente cuando se hace perceptible. “Los cielos proclaman la gloria de Dios” (Sal. 19). Jesús es glorificado por el Padre. Y lo es, sorprendentemente, en la traición de Judas. En el abismo más profundo Dios manifiesta su poder, su gloria. Dios saca bienes de los males, y de los abismos, la luz más esplendorosa, el máximo bien. ¿Quién va a ganar a Dios en hacer maravillas?
Dios se manifiesta en Jesús. Jesús manifiesta al Padre. De manera soberana, en la pasión. “El cáliz que el Padre me ha dado, ¿no lo voy a beber?”. Dios arranca de las tinieblas al hombre sumergido en el terror de la muerte. Gloria de Dios. Gloria a Dios. Jesús lo manifiesta salvador en su persona. Jesús da gloria a Dios y Dios glorifica a su Hijo. Una interacción mutua. Y lo glorificará. Estamos al comienzo de la ida de Jesús al Padre. El Cristo glorioso será el culmen de la obra. Comunión inefable entre el Padre y el Hijo. Pascua del Señor
Y Dios es amor. El amor es luz y es gloria. La luz que irradia Jesús envuelve a los suyos. La gloria del padre se alarga a los discípulos de Jesús. Los discípulos son luz y gloria. Hijos de la luz, dirá Jesús. Y gloria de Dios por sus obras y frutos.
Jesús los ama. Y el Padre también. El amor de Dios ha sido derramado en sus corazones por el Espíritu Santo que clama ¡ Abba, Padre ¡ Y es tan grande el amor de Dios que de objeto los hace sujetos; nos envuelve, nos coloca en su corazón y pone el suyo en el nuestro. Y así nos hace capaces de amar, a él y a los hermanos. En él somos amados, y en él amamos. Su amor nos ha transformado en algo divino. Porque Dios es amor. Manifestado eficazmente en la glorificación de Jesús, que sorprendentemente se inicia con una traición. La de Judas
Deja, hermano, la noche, y ábrete a la Luz. Limpia tu vida y entra en la Vida de tu Dios. Abre tu corazón y da cabida al Amor de Dios. Serás luz, gloria y amor de Dios. Y serás grande en la pequeñez, y en las sombras derramarás luz; en la deshonra brillará en ti la presencia de del poder de Dios y en tu amor, su Espíritu alcanzará al enemigo más recalcitrante.
En Cristo se te hacen tangibles y participables la luz, la gloria y el amor de Dios. Ellos son tu definición. Si las rechazas, serás tinieblas, desdicha y destrucción.

sábado, mayo 5

Día De La Mayordomía.

EL CENTRO GUADALUPE SIRVIENDO AL TRABAJO APOSTOLICO DE LA ARQUIDIOCESIS

miércoles, mayo 2

Liturgia, Recogimiento De Los Sentidos.


REFUERZOS LITURGICOS por el P. Angel San Eufrasio

La Proclamación de la Pascua Cristiana contagió rápidamente a judíos y paganos con una forma nueva de vivir. El cambio de la vida en vida cristiana coincidió con unos Ritos de Iniciación, donde el agua, el aceite, imposición de manos y Fracción del Pan eran elementos determinantes, preñados de sentido. Eran vivencias y como tales se llamaban Celebraciones Litúrgicas, donde vivencia y liturgia, estrechamente unidos daban verdadero sentido a las Celebraciones. ¡Eran Liturgia! Una palabra muy fina y delicada que requiere atención constante para no vaciarla de la vivencia o contenido y convertirla en simple ceremonia.
San Pablo se apresuró a gritar a sus cristianos de Corinto apenas supo de la superficialidad y ligereza con que celebraban la Liturgia Eucarística ( 1 Cor. 11 ). La vivían en un total despiste, en pura ceremonia. Hoy puede suceder lo mismo, dos mil años después, si falta el vocero de Dios que aclare, y aclarando, entusiasme a vivir la Liturgia y llenarse de la espiritualidad que entraña.

El Centro Guadalupe ha llamado al vocero de esa Espiritualidad. El P. Angel Pérez Garrido, el profesor de Liturgia mejor capacitado de la Orden de Agustinos Recoletos. Educado teológicamente en la Universidad del “Angelicum,” Roma, y especializado en Liturgia en la Universidad “Anselmiana “, Roma. Comparte un Curso en el Centro donde da información además de detalles y gestos que usamos sobre todo en la Liturgia Eucarística. Te hace ver, principalmente, la rica Espiritualidad Católica que rezuman esos gestos.
El P.Angel me resumía en pocas frases lo que él esperaba del alumno de Liturgia: a) Fortalecer la vivencia personal de la Espiritualidad. b) Celebrar esa espiritualidad principalmente en la Eucaristía. c) Vivir en la calle y en casa lo celebrado en la liturgia.

El centro Guadalupe te ofrece ese espacio de silencio y de recogimiento para estar en onda con tu Fe cuando la celebras litúrgicamente. Piénsalo, eres bienvenido.

jueves, abril 5

Jueves Santo.


HOMILIAS DE SEMANA SANTA por el P. Antonio Ciordia

Con el sacrificio, el sacerdocio. Ministerio sacerdotal. Una gracia de Dios tener a mano su gracia, su presencia salvadora. Ante una gracia, la postura más adecuada es hacernos agraciados y agradecidos. Es decir llenarnos de ella y expandirla por doquier. La gracia se nos da para vivirla y convertirnos por su fuerza, a nuestra vez, en gracia para otros. Los dones son para gozarlos y vivirlos.
“Haced esto en memoria mía”, dijo el Maestro durante la última cana. Una institución, un mandato, una misión. Todo en la fuerza del Espíritu Santo a través de la muerte y resurrección de Cristo. Detalle que se observa plásticamente cuando el sacerdote extiende sus manos sobre el pan y el vino y pronuncia las palabras de Jesús “Tomad y comed ... Tomad y bebed...”
Por parte de Dios es un Don, por parte de la Iglesia, una responsabilidad sagrada que ha de ser ejercida con amor y entrega. Un sacramento; un conjunto de gestos, signos y palabras que, por la acción del Espíritu tienen la eficiencia de realizar lo que significan. Jesús es el origen. Los evangelios sinópticos y Pablo lo relatan con devoción y detalle.
Es una institución. El ministerio descansa en los ministros. Y éstos, en el poder salvador de Cristo, Cabeza de la Iglesia y Sumo Sacerdote proclamado por Dios según el orden de Melquisedec. La carta a los Hebreos toma este asunto como centro y desarrollo del escrito.
Un don, una gracia, una responsabilidad. Como de Dios, trate el sacerdote ser un don en el don de Dios; como una gracia, trate de ser una gracia con todo su ser parar sus hermanos; como responsable, tome en serio este ministerio. La Iglesia acompaña a este ministerio con una serie de exigencias que no tienen otro fin que facilitar ser don y gracia para el pueblo de Dios.
Para la comunidad el sacerdote no es una persona privada, como en el fondo, ningún miembro de la Iglesia lo es.. Una conciencia clara de este ministerio y una ejecución debida de este mandato garantizan una presencia sacramental de Cristo fructuosa y fecunda. Y así crece la Iglesia como reino de Dios.
Es un momento oportuno para detenerse a contemplar este ministerio a la luz de Cristo y de la Iglesia. Para apreciarlo y para vivirlo personal y comunitariamente. Cristo Suma Sacerdote. No puede faltar la reflexión ni estar ausente el esfuerzo por apreciar la maravilla ni estar vacía la acción de gracias ni escondida la alabanza. No hay duda que esta actitud ha de cambiar algo en nuestra vida. Por parte del sacerdote, aprecio y estima del don y ministerio que ha recibido en bien del pueblo de Dios. Trate de ser una bendición. Por parte de los fieles una actitud de respeto de ayuda, palabra, obra, oración, por sus ministros. Dios se lo premiará.