Que La Unidad Entre Ellos Sea Perfecta.
HOMILIA PARA EL SEPTIMO DOMINGO DE PASCUA por el Rev. Antonio Ciordia
Oración de Jesús. Jesús ora. El capítulo diecisiete de san Juan es una preciosa y solemne pieza religiosa sin parangón en toda la literatura conocida. Así pensamos muchos.
Jesús, al final de su vida, como pórtico a la Pasión, eleva los ojos al cielo y dirige la palabra al Padre que lo envió. Delante de sus discípulos. Ellos están dentro de la relación de Jesús con el padre. Pongámonos junto a ellos.
Jesús ha llevado hasta el final la obra encomendada. Va a cumplirse la “hora”. Hora que le vino asignada por el Padre. Padre, principio y fin de todo. De él vino y a él va. Jesús sabe que el Padre le escucha siempre. Ahora, si cabe, de modo especial.
Jesús ora. En esta segunda parte, por los discípulos. Por nosotros. Por cada uno de nosotros. En este caso, en la medida en que queremos ser suyos. También por ti y por mí.
Y ora porque nos ve solos. Solos en un mundo incrédulo y provocativo. Y ora porque somos suyos y para que siempre lo seamos. No quiere dejarnos a la intemperie.
El siempre está con nosotros. Y con el Padre, para interceder por nosotros. Como lo hace en este momento. Y lo hace de corazón. Y su corazón es grande y poderoso. Así, su oración.
Tú estás dentro de su corazón. Para que todos estemos en el corazón de todos, él mismo nos coloca en el suyo, y pide al Padre que con el suyo propio formemos una unidad. Un solo corazón y una sola alma, según señalan los Hechos. Que seamos uno.
Pero la oración de Jesús no tendría resultado si nos cerramos a la acción del Padre, a las inspiraciones del Espíritu Santo.
Tres personas, un solo Dios. Muchos miembros, un solo cuerpo. Muchos fieles, una sola Iglesia. Tensión constante entre unidad y diversidad. Jesús pide al Padre para que ésta no rompa la unidad y que la unidad no anule la diversidad.
El poder del averno lucha fieramente por romper y rasgar, por dividir, aun bajo la forma bien atractiva de “libertad religiosa”. Dicen del diablo que fue a la escuela y que tan solo aprendió a dividir. Y lo hace siempre que puede.
No puede ser de Dios tanta división y tanta llamada iglesia, en contradicción y enfrentamiento rabioso frecuentemente. Y si no viene de él no cuesta mucho saber de quién viene. Por eso la oración de Jesús.
La oración de Jesús ha de hacerse oración en nosotros. En él hemos de orar todos. El apremio de Jesús es apremio en nosotros. Si él pide por mí, yo he de pedir en él por todos.
Pensemos en la Iglesia hacia adentro, y vivamos en unión. Pero no puede haber unión si no hay amor mutuo; ni amor mutuo sino hay mutua estima. Ni mutua estima, sino hay conocimiento y vivencia de nuestra realidad, a la luz de Dios en Cristo. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo.
¿Qué comunión podemos tener los unos con los otros si no compartimos cordialmente los mismos bienes que nos entregó el Señor? Si no vivimos con intensidad y respeto la eucaristía, por ejemplo, ¿cómo podemos llamarnos fieles seguidores de Cristo? ¿Cómo podemos decir que hay comunión de corazones en Cristo, cuando unos celebran la Eucaristía como maravilla del amor de Cristo y otros la condenan como máxima idolatría?
Conoce a Cristo. Conoce a tu Iglesia. Conócete a ti mismo en unión con todos los miembros. No desprecies a nadie. Llora la división de su preciosa túnica que los soldados al pie de la cruz no osaron rasgar. No la rasgues tú. Coloca el yo propio en el Tú de Cristo y encontrarás a todos en ti. Pide por la unidad. Es la oración del Señor.
Una sola fe, una sola esperanza, un amor común.
Dios con vosotros.


