Jesús.

HOMILIAS DE SEMANA SANTA por el P. Antonio Ciordia
Hijo de Dios e Hijo del Hombre. Dios, en comunión natural con el Padre, Dios de Dios; hombre, en comunión natural con la humanidad entera, descendiente de Abrahán, Hijo de David, nuevo Adán. Con el hombre de espaldas a Dios, con el hombre roto y desgarrado por su propia inhumanidad, Jesús no podía menos de quedar roto y desgarrado al entrar en relación natural con él.
Y Jesús lo aceptó así para recomponer al hombre de sus amores. Y el hombre descargó su ira contra él. Animado por el “mentiroso” desde el principio, intentó borrar su memoria por el atrevimiento de introducirse en su terreno. Y del enfrentamiento mortal con él, nació en la tierra una nueva esperanza: la vida eterna.
Así vemos que los que se mueven en torno a su persona hacen patente esta ruptura del hombre: Pedro, vencido por debilidad y cobardía; Judas, arrastrado por no sabemos qué pasiones, lo traiciona; Pilato, cede injustamente ante la presión de la autoridades judías y lo condena a muerte; los soldados, expresión vulgar del regodeo de ver sufrir al indefenso, se burlan de él y lo torturan; el populacho, sin alma ni forma, se avalanza irresponsable a corear su crucifixión. Solo quedan un puñado de personas egregias a su lado: María, su santa Madre, María Magdalena, el Cirineo, las mujeres que a su paso lloran, el discípulo amado... Como representación concreta de las gentes de buena voluntad que crecen por el mundo entero. Si en un tiempo seguiste a los primeros, arrímate a los segundos, que en ellos está la bendición de Dios.
Todo eso lo hizo suyo. De tal manera que a nadie maldijo, oró por todos, excusó a los perseguidores y ofreció su mano salvadora con el don de la vida eterna al buen ladrón. Contemplémoslo en este misterio de su pasión.
“He aquí al hombre”. Aquél que, según Isaías no tenía apariencia de hombre; ante quien, de horror, todos ocultaban el rostro. Ese es el Hombre. El hombre que, como imagen de Dios, cumple enteramente su voluntad y hace real, por su dolor y muerte, el acercamiento salvador del Padre a los hombres. El hombre atravesado, a quien, maravillados, han de mirar todos los siglos. Míralo tú también. Con cariño, con afecto; con los ojos de María, su Madre, con el llanto de la buenas mujeres, con la pasión de María Magdalena, con la solicitud del Cirineo y deja que su rostro divino-humano quede grabado para siempre, como en el lienzo de la Verónica, en tu corazón. Porque tú también quieres, como el discípulo amado, estar junto a su Madre al pie de la cruz.
Por tu Pasión y Muerte sálvanos, Señor.