El Espíritu Santo les hará recordar.
HOMILIA PARA EL SEXTO DOMINGO DE PASCUA por el Rev. Antonio Ciordia
“El que me ama ...”; “Si me amáis ...” Gran palabra amar. Es probablemente la palabra que más frecuentemente aparece en nuestros labios. Ya como presencia de algo maravilloso, ya como ausencia de ello.
Mas, ¿qué se entiende por “amor”? Quizás nos embarace un poco esta pregunta. ¿Es un sentimiento? ¿Una inclinación? ¿Un afecto? ¿Una sensación? ¿Una emoción? ¡Una decisión libre de la voluntad a favor de alguien! Al fondo hay una elección personal libre, cuanto más fundamentada mejor, que recae en beneficio de alguna persona. No hay duda alguna que las alternativas precedentes tienen su peso; pero no dan respuesta adecuada al concepto de amor.
La elección de un bien. Siempre en favor de alguien. Naturalmente a la luz de la verdad. Porque hay amores, decisiones libres, que matan. Mal hechas por tanto. Donde el yo, camuflado de altruismo, se apodera del otro en posesión esclavizante. Eso no es amor.
Pero hay un amor que abrasa y consume totalmente, altruista por naturaleza y creador. El amor de Dios. Nos devora y se devora él. Es su misterio. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo”; “Me amó y se entregó por mí”. “Dios es fuego que consume”. Así, la palabra de Dios.
Al hablar de amor, hablamos de comunión. Comunión en la que se da una interferencia o interacción mutua, una invasión del uno en el otro. Una sola carne, hablando en simbología nupcial. Así es también el amor de Dios. Inhabitación en nosotros: “Vendremos a él y pondremos nuestra morada en él”. La comunión natural e inefable que guardan entre sí las divinas personas se alarga a nosotros en Cristo por la fuerza del Espíritu Santo y hace comunión. Amor en el Amor y comunión en la Comunión.
Señal y ejercicio de amor es la obediencia. Entre los humanos, con frecuencia. Respecto a Dios, siempre. Y esto puede presentar una especial dificultad, al menos en el ámbito juvenil. Es como si intentáramos ensemblar o componer satisfactoriamente la obligación con la espontaneidad. Porque si el amor ha de ser de corazón, ha de gozar de libertad; pero, si es libre, ¿cómo puede entrar en la categoría de la obligación?
Por de pronto escuchemos las palabras de Jesús: “El que me ama guardará mis mandamientos, como el padre me amó y guardé sus mandamientos”. La obra de la pasión-redención aparece en su boca como la obediencia a un mandato. Mandato recibido del padre ( Jn. 10,17-18 ). Obediencia que es comunión; comunión que es ser una coso con el Padre. Por parte del Padre es amor; por parte del Hijo es obediencia.
En nosotros sucede lo mismo; por parte de Jesús hacia nosotros es amor; por nuestra parte es obediencia. En Jesús respecto al Padre es una obediencia libérrima, una libertad obedientísima. Los dos aspectos se aglutinan en uno inseparablemente. En nosotros está la tensión a ello; a que se confundan libertar y obediencia. Por obra del Espíritu Santo.
Hay que comenzar la reflexión recordando que “no es que nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó primero”. Benevolencia desinteresada. Dios quiere, busca, obra nuestro bien. Está claro que, aunque uno puede comprender hasta cierto punto cuál es su propio bien, no lo conoce en profundidad, si Dios no se lo revela, pues es su principio y fin. Entra de por medio la fe. Yo conozco mi bien a la luz de Dios. Luz que hasta cierto punto puede discernir mi propia mente.
Si Dios me ama, he de concluir que lo que hace es por mi bien. A partir de ahí es consecuente aceptar con decisión libre, amor, lo que por amor, decisión bondadosa, Dios me ofrece. Hemos de dejarnos activamente querer por él. En ese punto, dentro de la perfección del amor, va a haber cada vez más unión de voluntades, la Dios y la mía, por más que aquélla se presente desconcertante y exigente algunas veces. El amor puede devorar. En el caso de Dios, es trasformación inefable respecto a nosotros. Ahí está la cruz del Señor.
Un paso más nos lleva a considerar que el amor de Dios hacia nosotros es “paternal”. En Cristo Jesús, su Hijo. Con los mismos ojos con que mira a su Hijo, nos mira a nosotros. Y los latidos de su corazón mueven el nuestro en el de Cristo. Obediencia, no como esclavos, sino como hijos. Para ello, el don del Espíritu Santo, vínculo de amor por excelencia.