martes, abril 3

La Unción De Jesús En Betania.

HOMILIAS DE SEMANA SANTA por el P. Antonio Ciordia

Los pobres. ¿Qué no se habrá dicho de los pobres? Además ¿quiénes son los pobres? Ahí los tienes, a tu lado. ¿No es pobre tu esposa cuando de una manera u otra la maltratas o prácticamente la desatiendes? ¿No son pobres tu hijos de quienes no te preocupas en su relación con Dios? ¿No son los más débiles e indefensos? ¿Y tu vecino o vecina a quien no ayudas en su necesidad?
También está el mundo del hambre y del subdesarrollo. Para temblar. Hay que pensar en ellos. ¿Por qué? Porque somos hermanos. Pero no los vas a ver como tales si no los ves en Cristo. Y a Cristo ¿cómo lo ves? Acércate a Cristo, comparte sus entrañas y extiéndete en ellas a todo el mundo, no como un aplastante e insípido deber, sino como pálpito vital de tu corazón y el de la Iglesia.
Cristo, que murió por todos, te invita a que lo contemples. A que te derrames sobre sus pies como perfume que llena toda la casa: el perfume de tu arrepentimiento y de tu admiración por su persona. No es un tiempo muerto, una acción sin sentido. Ungirás su cuerpo, que es, después de todo, el que unge con su Espíritu el tuyo, pues eres con lo demás miembro del mismo.
Esta es María. Hermana de Lázaro y de Marta, la que escuchaba y bebía las palabras de Jesús, sentada a sus pies. Y era la mejor parte. Quien contempla a Jesús quedará impregnado de su persona y hará de su misericordia su propio corazón. El y ella te descubrirán la proximidad del pobre y te harán volar hacia él.
Pregunten a la M. Teresa de Calcuta dónde encontraba el valor para reavivar con sus caricias los miembros, unas veces ateridos, otras podridos, de los más desgraciados de la ciudad.. Su pensamiento, sus emociones, todo el perfume que su exigua persona derramaba lo había recogido del Cuerpo de Cristo, muerto y resucitado por nosotros, y lo vertía después sobre ese mismo Cuerpo extendido por el mundo entero. El cuerpo del niño abandonado, el cuerpo del anciano moribundo; el cuerpo del leproso arrojado y pisoteado. Ese es tu perfume. El mismo de María, el mismo que derrama sobre ti el Espíritu Santo que, como Unción santa, brota de Jesús para salvación de todos.
Judas no nos convence. No sabía amar. ¿Dónde te colocas tú?